Cuando se calla, es fácil creer que no siente nada.
Pero muchas veces siente tanto que su sistema cierra la puerta.
Porque aprendió, en algún momento de su vida, que sentir era algo que había que sobrevivir.
No algo que se comparte.
Lo que te diría si tuviera las palabras
“No me alejo porque no me importás. Me alejo porque me importás más de lo que sé sostener.”
“Cuando preguntás a dónde va esto, no me callo porque no te quiera. Me callo porque me aterra fallarte.”
“Tu amor no me abruma porque sea demasiado. Me abruma porque una parte mía no cree merecerlo.”
“Cuando desaparezco no estoy eligiendo el espacio antes que a vos. Estoy tratando de calmar algo viejo que me dice que huya antes de que me lastimen.”
“No sé pedir tiempo sin que suene a que me voy. Nadie me enseñó esa frase.”
“Me doy cuenta de lo que tengo cuando ya te cansaste. Y para entonces me da vergüenza decirlo.”
Por qué no te lo dice
Porque nombrarlo lo vuelve real.
Y si es real, se puede perder.
Decir “me importás” es entregar algo que después te pueden sacar. Su sistema calculó ese riesgo hace años y decidió que no vale la pena.
Y hay algo más simple, que casi nadie considera: no tiene el vocabulario.
En su casa las cosas no se hablaban.
Se aguantaban.
Nadie se sienta a los treinta a aprender un idioma que no escuchó nunca.
Lo que esto no significa
Acá es donde mucha gente se equivoca, y quiero ser claro.
Que él tenga una explicación no te obliga a esperarlo.
Entender por qué alguien hace lo que hace no es lo mismo que aceptar cómo te deja.
Una explicación no es una promesa.
Y la ternura que sentís al entenderlo no cambia los hechos: seguís sin saber dónde estás parada.
Qué hacer con esto
Bajale el volumen a tu interpretación. Su silencio casi nunca es desprecio. Es cierre. Son cosas distintas y duelen distinto.
Dejá de pedir palabras y mirá conductas. ¿Vuelve? ¿Se queda cuando se incomoda? ¿Cambió algo chico? Eso habla más que cualquier declaración.
Decí lo tuyo corto. Una idea, una frase. El párrafo largo lo cierra más.
Ponele plazo a tu espera. No para amenazar. Para vos, para saber hasta cuándo.
Entenderlo te saca un peso de encima.
Te devuelve la idea de que no fue por vos.
Pero no te obliga a quedarte esperando a que aprenda a hablar.
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