Mendigar amor no es algo que sentís.
Es algo que hacés.
Y casi nunca te das cuenta, porque no pasa en las escenas grandes.
Pasa en gestos de dos segundos.
Cómo se ve mendigar
Mandás el segundo mensaje antes de que conteste el primero.
Bajás lo que pedís para que no suene a mucho: “no, tranquilo, cuando puedas”.
Te hacés la que no te molestó.
Dejás el sábado libre por las dudas, sin que él haya dicho nada.
Le explicás por qué merecés lo que estás pidiendo.
Agradecés lo mínimo como si te hubieran hecho un favor.
Ninguna de esas cosas, sola, parece grave.
Juntas son un mensaje completo.
Por qué lo hacés
Porque en algún momento aprendiste que el amor se gana portándote bien.
Que si pedís poco, no molestás.
Que si no molestás, se quedan.
Es una estrategia vieja, y en su momento te sirvió.
El problema es que ahora la estás usando con alguien que no es la persona para la que la aprendiste.
Lo que consigue en realidad
Cada vez que pedís menos de lo que necesitás, estás enseñando cuánto podés aguantar.
Y el otro aprende rápido.
No porque sea malo.
Porque la gente se acomoda al espacio que le dejás.
Y entonces pasa lo peor: conseguís que se quede, pero en los términos que vos misma bajaste.
Cómo se corta
Pedí una sola cosa, clara. Y no la expliques. La explicación es la súplica escondida.
No negocies con vos misma. Si necesitás verlo dos veces por semana, no lo conviertas en una “por ahora”.
Bancá el silencio después de pedir. Ahí está todo el trabajo. Los diez minutos en que querés escribir “igual no es tan importante”.
Mirá qué hace, no qué contesta. El que quiere, acomoda algo. El que no, te da una frase linda.
El amor que hay que mendigar no cambia de calidad cuando finalmente te lo dan.
Sigue siendo algo que pediste.
Y vos no querías que te lo den.
Querías que te lo ofrezcan.
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